FORMACIÓN PARA LA CIUDADANÍA CIENTÍFICA (2)

El concepto de ciudadanía que hemos expuesto es el resultado de la evolución de la cultura occidental durante 2,500 años. Desde el periodo clásico de la filosofía ateniense que sentó las bases para los pueblos que se desarrollaron en el Mediterráneo y de ahí a Europa durante la Edad Media y que con el paso de los siglos ha llegado a convertirse en hegemónica, basada en la acumulación del conocimiento, el nacimiento y auge del capitalismo y las sucesivas creaciones en arte, religión, filosofía y ciencia.

Como todo proceso histórico de largo aliento, ha sido un camino sembrado de contradicciones, aletargamientos e impulsos renovadores. Mientras en Europa se vivían estancamientos en el conocimiento, grandes regiones de Asia florecían, pero hacia el siglo XVIII la modernidad iniciada en la parte europea más occidental comenzaba a campear cada vez con más preponderancia, en un ritmo que extendía su influencia mucho más allá de sus fronteras.

Así, la idea de vida civilizada que los antiguos romanos preconizaron para su civis, fundada en la racionalidad heredada de los griegos, no desapareció con la caída del imperio y mutó, con ropaje teológico, en una idea más trascendente que ya llevaba una adición introducida por el cristianismo: la infinita dignidad humana.

Dos etapas de gran fecundidad para el pensamiento fueron cruciales en la formación del concepto de ciudadanía. El Renacimiento reavivó las fuerzas intelectuales y el espíritu inquisitivo hacia la naturaleza, el hombre y las sociedades. Ese fabuloso despliegue fue el preámbulo para el nacimiento de la edad moderna, que a partir del siglo XVII en Europa y sus colonias inició un portentoso despliegue de ideas e investigaciones nuevas, que comenzaron a revelar la verdadera faz de la naturaleza mediante ensayo y error, teoría y comprobación empírica.

Con la Ilustración y sus múltiples expresiones intelectuales, el concepto de ciudadanía que hemos propuesto recibe un nuevo aliento, sintetizado en la formulación de Kant sobre lo que significa salir de la infancia y asumir la condición de adulto en la era moderna. Es el uso voluntario de la razón, moviendo a las personas a conocer el universo y autoconocerse mediante la filosofía y las ciencias una posibilidad abierta a cualquier ser humano. Y en la medida en que asume esta tarea de hacerse cargo de sí, va realizando sus potencialidades que, ya anunciadas por Pico Della Mirandola, lo hacen superior a las bestias y también a las creaturas celestiales. El cielo de Kant está habitado por hombres imperfectos en un mundo igualmente imperfecto pero mejorable.

Han pasado ya dos siglos y medio desde la formulación anterior. La humanidad ha protagonizado el más intenso y acelerado periodo de cambios en toda su historia. Lo caracteriza, y más evidentemente nuestra época actual, la ambivalencia. Por un lado el desarrollo científico ha creado diversas tecnologías que han modificado radicalmente la base material de la vida en la Tierra, usando el agua, el suelo, la atmósfera y la biodiversidad como fuente de materias primas y depósito de desechos de los procesos industriales que crean cada satisfactor de la humanidad, desde los alimentos hasta la energía en sus diversas formas. Al hacerlo, hemos comprometido radicalmente la disponibilidad de los recursos naturales de los que dependemos todos. El consenso de la ciencia es que estos recursos no estarán disponibles para las generaciones futuras con la calidad necesaria. En esto no hay vuelta atrás, dada la acumulación del impacto ambiental durante las distintas fases de la revolución industrial.

Por otro lado, como resultado de los beneficios de la ciencia y la tecnología, las necesidades básicas de la mayoría de la población se encuentran cubiertas. Nunca en la historia tantas personas habían tenido acceso a alimentos, sanidad, educación, transporte y comunicaciones. Y con la crítica que nace en el seno de culturas bien informadas, inclusive hemos llegado a formular una vía racional para reconocer la dignidad intrínseca en cada persona, sancionada por el acuerdo entre las naciones, independientemente de sus tradiciones culturales o religiosas.

Este rápido y apretado recorrido de la historia de occidente tiene el propósito de rescatar para nuestro concepto de ciudadanía científica el valor de reconocer en los valores de esta tradición de 25 siglos la fuente para su validez presente y sobre todo, futura. Si un adulto puede hacerse cargo de sí y de los otros es porque desarrolla las facultades del razonamiento ordenado y el autoconocimiento, ese que la filosofía promueve, escudriñando los rincones de las emociones y las ideas, autoexaminándose para conocer qué es aquello por lo que vale la pena vivir y qué medios son los mejores para ello. Información siempre para la acción.

Porque esa es la característica distintiva de la ciudadanía del siglo XXI: es una experiencia de hechos. Un concepto dinámico que se materializa en las decisiones que tomamos. No es pasivo sino activo, constantemente se mueve hacia la búsqueda de lo que es mejor para uno mismo y para los otros. Y este pensar actuante y acciones pensadas se fortalecen cuando se siguen los métodos probados de acumulación de conocimiento. No la mera colección de saberes enciclopédicos sino la búsqueda constante de métodos, datos, experiencias para contrastar e iluminar la realidad presente. Es en las fuentes de nuestra cultura occidental donde encontramos no solo conocimientos valiosos de 25 siglos, sino también la flexibilidad y apertura para abrevar de otras tradiciones culturales convergentes, que también nos dan luz sobre las realidades humanas.

Podemos resumir esta segunda parte así: la ciudadanía para este siglo es resultado de la evolución cultural de occidente, basada en la razón y el autoexamen, para distinguir lo bueno y lo que necesita ser corregido en la realidad. Esta búsqueda es resultado de la voluntad en movimiento, la ciudadanía es para la acción. Al realizarse, se emprende un camino de verdadera humanización, pues se ponen en juego las características típicas de nuesra especie. El camino a lo largo de la historia no ha sido sencillo ni exento de dolorosos errores. Aún falta mucho por hacer pero nunca antes en 3,500 millones de años de evolución de la vida en la Tierra habíamos contado con tantos recursos para acometer nuestros desafíos con medios de toda clase, principalmente nuestra inteligencia y nuestro corazón.

 

Leave a Reply

Your e-mail address will not be published. Required fields are marked *.

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.